Es el último día de vacaciones, exactamente un 30 de marzo de 1980. La idea de despedirse del verano yendo a la piscina parecía emocionante. Un juego tan inocente como competir para ver quién llegaba primero al otro extremo de la alberca podría lograr cambiar la vida de uno de ellos para siempre. Una brazada que nunca alcanzó a tocar el agua y un joven de 14 años que experimentó un destello de luz, marcó el inicio de un cambio radical.
Foto: Gabriela Hinojosa

Javier Loo, un hombre invidente de 53 años, oriundo de Trujillo. Comienza su día a las 5 de la mañana, él no necesita poner alarma, ya que su cuerpo está acostumbrado a levantarse temprano. Se alista lo más rápido que puede para esperar la movilidad que lo llevará a su centro de trabajo. Se despide de sus seres queridos y así da inicio a su día. La jornada empieza a las 8 de la mañana y termina después de 12 horas. Al llegar a su hogar, a pesar del día agotador, cumple con sus obligaciones. Al terminar, toma una ducha para luego compartir con su familia o, en ocasiones, puede variar tras una llamada de un posible paciente que demandará salir de su casa.
Infancia
En 1967, una visita a su hermano mayor al hospital terminó convirtiéndose en el natalicio de él. Javier es el cuarto de siete hermanos. Recuerda gran parte de su infancia en Huarmey, siendo un niño tranquilo y curioso que le gustaba mucho ir al río, cazar aves con hondas y jugar fútbol con sus amigos. Antes de terminar su primaria se fueron a vivir a Pisco por el trabajo de su padre. Le gustaba mucho vivir en Pisco Playa, debido a que al leer el cuento del “El caballero Carmelo” se entera que vivía a espaldas de la casa de Abraham Valdelomar. Por otro lado, estar cerca de la playa, jugar fútbol a la orilla del mar y después sumergirse en el agua lo emocionaba mucho, pero lo que más lo cautivaba era el ocaso.
“Me gustaba esperar el ocaso, es algo que nunca podré olvidar. Volver a recordar eso me hace sentir como parte de su mundo.” Tras un suspiro, continuó: "Yo estuve ahí, yo lo pude ver.”
Accidente
A los 14 años, vino a vivir a Lima. Para él fue un cambio de aires y más por la televisión, ya que por fin podía ver más programas de concursos, uno de ellos era el programa “Lo que vale el saber”. Un día antes de comenzar las clases decide ir a la piscina junto a su primo, Alfredo. Sin saber que ese día iba a cambiar toda su vida. La tarde transcurría con normalidad, hasta que aparecen unos jóvenes y deciden competir quien llega más rápido nadando al otro lado. Un joven que se desvió de su dirección y dió una brazada hacia su vista desencadenando como consecuencia el desprendimiento de retina de ambos ojos. El destello de luz sería el inicio de todo.
Al abrir sus ojos, solo pudo ver borroso y, debido a la confusión, decidió salir de la piscina. La preocupación crecería cuando le pregunta a su primo sobre cómo está el día:
“Alfredo, ¿el día está nublado?” a lo que su primo responde inmediatamente: “¿qué es lo que tienes?¿estás loco?”
Javier trataba de caminar, pero se chocaba constantemente con todo lo que estaba a su paso, mientras su primo solo lo observaba con preocupación. Al llegar a la casa, se percata de un periódico en la entrada y, decidido, lo toma para intentar leerlo. Sin embargo, solo logró descifrar el nombre del diario, que decía “Expreso”. Toma la decisión de no contarles nada a su familia hasta la cena, cuando se sentó a la mesa. Mientras trataba de comer en vano, su padre finalmente le pregunta:
“¿Qué es lo que tienes?” En ese momento el choque con la realidad llega. Javier sabía, en lo más profundo de su ser, que las siguientes palabras cambiarían por completo su vida. Con un nudo en la garganta, murmuró: “Papá … no puedo ver”
Las horas siguientes fueron cruciales para el futuro de Javier. Sus padres trataron de salvar su vista a toda costa, pero el destino ya estaba escrito. Lastimosamente, al llegar al hospital se percatan que había una huelga de médicos y no podían atenderlo. La desesperación de su padre por conseguir una operación inmediata los llevó a otro centro médico. Finalmente, no se pudo hacer mucho por Javier, él había perdido la vista a causa de un desprendimiento de retina. Javier hasta ese momento no había llorado, al bajar de las gradas del hospital soltó todo, lloró como nunca antes lo había hecho. Solo miró al cielo y dijo: “¿Por qué a mi?”
Superación
Para Javier era difícil aceptar lo que estaba pasando, estuvo encerrado por un año, no quería comer, solo quería dormir. Deseando recuperar algún día su vista y solo dormido podía encontrar tranquilidad. “Era como caer en un abismo oscuro que nunca se podría encontrar el final.” Sus padres sufrían en silencio para no preocuparlo más, hasta que un día los escuchó y sabía que tenía que hacer algo.
tomó valor y salió a hablar con ellos: “Quiero estudiar.” Sus padres lo abrazaron y buscaron centros educativos para que pueda retomar su vida. Estuvo 3 meses en CETPRO Luis Braille,centro educativo para personas invidentes, ahí aprendió a leer la escritura braille, a caminar con bastón, hacer sus cosas por sí solo y a cómo movilizarse por las calles. Al culminar quiso retornar a su colegio, pero ya no lo aceptaron. Muchos colegios no lo aceptaban hasta que uno lo hizo, Santa Marina del Callao, un colegio pequeño.
Él sabía que al terminar su secundaria tenía que buscarse la manera de ganarse la vida, es por eso que toma clases en CETEL, un centro educativo . Estuvo 8 meses estudiando todo lo relacionado a las telecomunicaciones, luego estudió por 3 años masoterapia en el CETPRO Luis Braille. Javier siempre ha sido una persona trabajadora y lo poco o mucho que gana es agradecido. El tiempo que pasó en Luis Braille conoció a personas que tocaban música, Javier sintió curiosidad y aprendió a tocar guitarra. Cuando se fue al norte pertenció a una banda que tocaba en cevicherías, le gustaba mucho cantar canciones de Camilo Sesto o Los Iracundos.
Un día, su amigo José Luis lo llama preguntando si quería hacer sus prácticas en el Hospital Daniel Alcides Carrión, él sin pensarlo dos veces aceptó la propuesta. Recuerda que había 5 practicantes más y todos buscaban quedarse con el puesto en la central telefónica del hospital. Él se esforzó demasiado y logró quedarse con el puesto. En el 2010, fue nombrado. Eso no sería todo, ya que en su tiempo libre se dedica a hacer terapias físicas a domicilio por todo Lima.
Ricardo Torres, un amigo cercano a Javier, sonríe al hablar sobre él: “Javier es un hombre que se esfuerza día a día por su familia, es un hombre muy chamba. No le importa irse hasta el otro lado de Lima con tal de llevar un plato de comida para su casa.”
Familia
Javier Loo, entre risas, menciona : “Dicen que el amor es ciego, pero yo no lo ví venir.” Al estar trabajando en el hospital conoció a la madre de sus hijos. Esther, es una mujer invidente que trabaja como quiropráctica en el hospital. El amor entre ambos fue creciendo por la cercanía y las constantes pláticas.“creeme, no fue amor a primera vista.” Se casaron y fruto de ese amor trajeron al mundo a Maylin y Hanz.
Actualmente, él es un padre dedicado y responsable en su trabajo. Él es consciente que las cosas no son sencillas y más con la condición que tiene, pero para él no es un impedimento, todos los días busca ser más autónomo. “El hecho de no ver, no me hace inutil.” Además, añadió: “ser una persona con discapacidad no es sinónimo de aprovecharse. Al contrario, se debe buscar la igualdad y respetar las leyes.” Asimismo, hizo un llamado a las autoridades respecto a la falta o nula señalización para las personas invidentes en los espacios públicos: “Nos falta mucha señalización en centro comerciales, estaciones y en las mismas calles. Tampoco hay semáforos sonoros en las principales avenidas.”
Javier Loo, es una prueba viviente que por más obstáculos que nos ponga la vida siempre hay una manera de salir adelante. Su historia nos demuestra la superación personal y que todo es posible si te lo propones. Al final, Javier nos deja un mensaje para esas personas que creen que están perdidas:
“Que no se dejen derrotar por la adversidad. Sigan adelante, no se rindan. Estamos aquí para dejar huella, que no nos vean con pena, que nos recuerden. No estamos perdidos”
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